Hace tiempo hice progresos interesantes en el gimnasio. Me daba pena platicar sobre esto, así que mantuve el asunto en secreto. Yo comía bien, dormía a mis horas e iba al gimnasio, y los únicos que sabían eran mi papá y mi hermano. Créeme, no lo vi venir: un día me fui a la facultad con una playera de papi, un poco más ajustada que lo que uso regularmente. Las reacciones fueron diversas. Casi todas eran opiniones de lo bien que me veía, algo que, debo aceptar, es nuevo para mí. «¿Qué te hiciste?», «¿qué te pasó?», eran algunas de las expresiones que escuché ese día. Sin embargo yo sentía que la estética de mi cuerpo era normal, pues me veo diario en el espejo. Mis compañeros no pudieron ver la transformación: no se los comuniqué, ni siquiera subí alguna foto a mi Facebook… nada. De todos los comentarios hay uno que resalta, el de mi amiga Claudia Chamorro (que seguro leerá esto). Ella no podía creerlo, pues tenemos buena comunicación y no le había mencionado ni un progreso con el ejercicio; sólo le dije que iba al gimnasio y ya. «Pero… te metiste algo, ¿verdad?», me dijo. Fue gracioso.
La comunicación también establece un parámetro en
el transcurso de algún cambio. Cuando le informas a alguien de tus progresos en
el gimnasio entonces la sorpresa al momento de verse después de algún tiempo va
a ser proporcional: la otra persona ya tiene conocimiento de lo que pasa, ya
sea porque tú o alguien estuvo comunicando el
cambio.
