No recuerdo cuando
ocurrió esto que platico, pero es muy sencillo toparse con la misma situación.
Van dos en el metro, están hablando de fútbol, generalidades: un balance de los
resultados de la jornada pasada. Tú, escuchando esa plática como un auténtico
outsider, no sabes bien cuando terminan defendiendo a su equipo de fútbol
preferido. Al parecer la brecha es muy delgada. Una amistad de años se
transforma en una acérrima rivalidad cuando empieza el debate sobre qué equipo
ganará el próximo sábado. Uno de los tipos le va al América, el otro al Pumas.
América y Pumas se enfrentan el próximo sábado. Es entonces cuando entran en
una pelea de palabras, una pelea histriónica, fingida a más no poder, pero ¿por
qué?
Esto, por supuesto,
está estrechamente relacionado con la idolatría, causa de muchos de los males
en el pasado, en la actualidad y, sin duda, lo será en el futuro. Se puede
tener un ídolo que tiene forma de piernón,
o de una institución, como en este caso el equipo de fútbol. Alguna vez fui
aficionado del Cruz Azul, pero las grandes contradicciones me hicieron alejarme
de cualquier tipo de idolatría deportiva:
comprar playeras, posters, banderines, ir a partidos, defender las derrotas y
victorias del equipo, además de estar al pendiente de todo lo que pasa en la
liga mexicana.
El punto es que un
aficionado a un equipo de fútbol guarda cierta lealtad por éste, ignorando toda
lógica. Y con esto no me refiero al dicho que lanzan muchos anti-fútbol, eso de
“los hombres son infieles a sus parejas, pero fieles a su equipo de fútbol”,
frase por de más tendenciosa, y en algunos puntos represiva de la naturaleza
humana. La lógica que es ignorada, desde esta perspectiva, es la de la
composición de ese equipo de fútbol.
